Redacciones ganadoras del concurso de La Magdalena 2019

¡Enhorabuena a Ana, Claudia y Samuel por sus historias magdaleneras!

¡Por fin ha llegado ese viernes previo al comienzo oficial de las fiestas! Ese viernes en el que, como cada año, los alumnos/as del Colegio La Magdalena nos preparamos con nuestras canyas y rotllos y , tras cantar el Pregó y tirar la traca, subimos todos juntos hacia la ermita, donde nos comeremos nuestros bocadillos de tortilla de habas y jugaremos montaña arriba y abajo con nuestros/as amigos/as.

¡Anem, anem, que ja el dia és arribat de la nostra Magdalena!

La Magdalena

Esa fiesta inolvidable

que todos los años se celebra

¡quién soy yo para olvidarme

de una fiesta tan sincera!

Niños por la calle,

los petardos explotando:

un intenso ametralle

de ruidos – sin descanso.

Ya se ven por la ciudad

las gaiatas iluminadas

con tanta intensidad

que su galanía va reinando.

Las reinas y las damas

ya empiezan su caminata

junto a todo Castellón de la Plana

hacia la ermita más grata.

La mascletà se está iniciando,

ya oigo su estruendo

desde lo más lejano,

aplausos de emoción sintiendo.

Familias reuniéndose,

amigos celebrando:

todos juntos

riendo y festejando.

Esta fiesta inolvidable

que todos los años se celebra

¡quién soy yo para olvidarme

de una fiesta tan sincera!

Ana Serra 1º ESO 1er premio

Frare Barbut

Esta historia nos sitúa sobre el año 1451, en el reinado de Alfonso V de Aragón. Después de la bajada a La Plana, los habitantes de Castellón ya se habían olvidado del Castell Vell y de lo que había debido de ser su capilla, dedicada a Santa María Magdalena. Estaba completamente en ruinas y casi ni se apreciaba su existencia, había desaparecido. En estas fechas apareció por el Castell un ermitaño procedente del monasterio de Les Santes Creus llamado Antonio, pero más conocido como Frare Barbut. Este, utilizando un aljibe que había quedado de la antigua fortaleza, comenzó a construir una ermita en Honor a Santa María Magdalena. Esta es la historia sobre cómo la ermita de la Magdalena con la ayuda del Frare Barbut y de muchos otros fue convirtiéndose en la ermita a la que hoy en día subimos cada año en las fiestas de la Magdalena.

El señor Antonio llevaba dos largos años sumido en su trabajo de construir su anhelada capilla, pero este esfuerzo no servía, la obra no adelantaba como a él le gustaría, así que tras meditarlo pausadamente y ver que, sin ayuda, esto no funcionaría, tomó la decisión de dejar atrás su querida ermita y volver al monasterio.

Mientras tanto, el jefe del “Castell”, llamado Vicent, le había cogido cariño a la pequeña construcción que Antonio estaba llevando a cabo, por la que se desilusionó mucho al verle marchar. Estaba acostumbrado a verla limpia, cuidada y en perfecto estado, por lo que le rompía el corazón verla caerse a trozos tras el tiempo.

Unas semanas después, el obispo de Tortosa y el arzobispo de Tarragona recibieron una carta de parte del Consell, solicitándoles ayuda económica para la reconstrucción de la ermita. A ellos no les interesó demasiado, ya que  les pareció una idea absurda hacer unas obras que no les proporcionaran ningún beneficio, con lo cual no accedieron a la proposición de Vicent. Este no sabía que hacer, ya que a nadie le interesaba su proyecto, hasta que un día decidió mandar una carta a Antonio, quien echaba mucho de menos Castellón.

Antonio estaba indeciso. La construcción no había salido adelante en dos años y creía imposible lograr retomarla, pero por otra parte iba a tener una ayuda que nunca había tenido. Al final, dejándose llevar por la ilusión dijo que sí al Consell y se trasladó a Castellón. Allí, Vicente  pasó el día y le contó que solo sería posible acabar su ermita si convencían al obispo y al arzobispo para que les ayudaran, pero ellos no accedían por el poco interés que tenía la población hacia este sitio.

Antonio hizo varios intentos de persuadir a los eclesiásticos, pero estos no ayudaban. Hasta que un dia, Frare Barbut tuvo una alocada idea: organizaría una caminata en honor a Santa María Magdalena y la llegada de Jaume I a Castellón para recaudar fondos para la obra. Así no necesitaría la ayuda del obispo. Pronto ya hubieron carteles por todo Castellón anunciando una caminata llamada “La Romería”. Vicent no estaba muy seguro de si la idea iba a funcionar. De hecho, pensaba que iba a empeorar la situación pero no le quedaba ninguna idea más, por lo que no lo impidió. Pero su sorpresa llegó el día del gran acontecimiento y cuando llegó a la plaza mayor, su alegría no podía ser más grande. Toda la ciudad estaba allí y ¡había una fila de medio kilómetro para pagar las entradas! El dia fue un éxito y todo Castellón pudo ver por fin el encanto de la ermita, que aunque estuviera medio en ruinas seguía siendo el lugar en que, al fin y al cabo, sus antepasados habían vivido y en el que residía el pueblo de Castellón hace años. La gente empezó a verla como un edificio que les representaba enormemente y, además, el obispo y el arzobispo, al ver el interés de la gente por reconstruir la ermita, acudieron a ayudar. Entre 1455 y 1476 se acabó de edificar la ermita como la conocemos hoy, dotándola de un pórtico, una vivienda para el ermitaño y un establo. Además de esto, el pueblo de Castellón estaba tan agradecido a Frare Barbut y al Consell que adaptaron la romería a la ermita como una tradición en honor a la virgen y a la bajada del pueblo a La Plana, y que desde entonces se ha intentado celebrar cada año.

Claudia  Ten Bokum Lahoz 2º ESO 2º premio

Un petardo fuera de lo normal

Estamos en marzo y yo, como todo niño de Castellón, estaba súper ilusionado por las fiestas de la Magdalena pero, sobre todo, estaba ilusionado por comprar mi primera tanda de petardos (y digo tanda porque yo los petardos los fulmino) Ya hemos terminado el segundo trimestre y estas fiestas para mí son la gloria, ya que las uso para descansar y soltarme un poco. Como os iba diciendo, a mí me encanta tirar petardos y mañana, dice mi padre, que los vamos a comprar.

Ya estamos en la tienda y he pedido: dos cajas de águilas, cuatro cajas de chinos, dos súper falleros… pero cuando estaba esperando a que trajeran los petardos, de repente, vi una puerta abrirse con algo que brillaba en su interior. Al principio no le hice caso, ya que no quería meterme en líos y que me castigaran, pero cada vez que miraba la puerta me picaba más la curiosidad. Cuando mi padre no estaba mirando, me fui acercando y, cuanto más me acercaba, más fuerte escuchaba una voz que no paraba de decir que entrase a esa habitación. Entré y había un petardo enorme en una vitrina. Fui a cogerlo para solo echar un vistazo. Mi mano, que sostenía el petardo, se iba acercando cada vez más. Yo, sin poder negarme, me fui de la habitación con el petardo en el bolsillo y ahí estaba mi padre, aún esperando para comprar los petardos. Los compramos y me fui con el petardo en el bolsillo, pensando en él.

Estoy en casa y he dejado el petardo en la estantería y ,de repente, vuelvo a escuchar esa voz, pero ahora decía que lo encendiese y, otra vez más, pasé del tema. CAda vez más, quería saber qué hacía y, así que, un día fui a un descampado y lo encendí. Estaba  nervioso. Empezó a tirar un humo muy extraño y, de golpe y porrazo, me absorbió. Aparecí en una plaza con un montón de gente. No tenía ni idea de dónde estaba y, a lo lejos, vi un cartel que ponía “primeras fiesta de la Magdalena” Estoy flipando. Había que aplaudir mientras bailaban, las gaiatas se movían y vi a un grupo de mujeres. Creo que eran las reinas y vi a una de ellas con un nombre “Carmen Abriat”, sentada delante de lo que parecía una traca. Empezaron a estallar los petardos. Me di cuenta de que el último petardo era el mismo que me trajo hasta aquí. Justo antes de que explotase, alguien gritó: “Magdalena”. Explotó el petardo y gritaron: “Vítol”. Y otra vez ese humo. Pero esta vez, directamente, me absorbió.

Aparecí en la tienda de petardos y mi padre me preguntó si ya no quería más petardos. Yo, un poco aturdido, negué con la cabeza. Y, de repente, escuché una voz que me dijo: “de nada”

  Samuel 1ºESO 3er premio

Editores: Teresa, Ana, Eloy